Estonia, 2005
Las calles se encontraban abarrotadas de gente mientras me deslizaba por ellas intentando encontrar un taxi. Hacía más de una hora del aterrizaje del avión y todo lo que quería hacer era llegar al hotel y comenzar a preparar la reunión que tendría lugar mañana. Normalmente prefería enviar a uno de mis hijos a hablar con los científicos, pero esta reunión era importante y mis hijos habían estado ocupados.
Seguí avanzando por la calle hasta que dí con un taxi y me acerqué con paso decidido hacía él. Después de indicarle la dirección del hotel, que mi hija se había encargado de reservar, y de recibir una mirada extrañada del conductor me relajé contra el asiento trasero. No fue hasta media hora después, cuando nos encontrábamos delante de la puerta del hotel, que no entendí la mirada del conductor. Ni yo ni mi traje Gucci combinábamos en el barrio de este “hotel”.
El conductor estaciono fácilmente en el aparcamiento y se giró hacia mí.
— Señor, ¿está usted seguro que era este hotel? — me preguntó tras volver a mirar a mi traje.
Llevándome la mano al bolsillo saqué el teléfono móvil y busqué el resguardo de la reserva que mi hija me mandó por email. La dirección era correcta.
— Sí es este — le respondí intentando ocultar mi ira. Y tras pagarle, salí del coche.
(…)
El hotel, si se le puede llamar así, consistía en una serie de pasillos llenos de puertas que daban a parar a minúsculas habitaciones. En estas habitaciones solo había una cama, una mesilla, un retrete y un lavabo.
Esa era la razón por la que me encontraba en un pequeño bar, que tras una caminata había encontrado, y en él que para disimular había tenido que pedir un menú de cena.
En mi mesa, a parte de la comida, estaba mi portátil. Pero apenas podía concentrarme en la reunión de mañana, porque cada pocos minutos los chillidos de un grupo de personas o el claxon de un coche hacían que levantara la cabeza del ordenador.
Me encontraba concentrado en mi ordenador, para variar, cuando una voz me volvió a interrumpir, a diferencia de que esta sí que estaba dirigida a mí.
— Señor, podría darme algo de comer — dijo esa voz.
Con la ira claramente reflejada en mi rostro levante la cabeza de mi ordenador a regañadientes para dirigirme hacia la persona que me había hablado, tal vez incluso le gritara, descargando en esa persona toda la rabia que se había implantado en mí a lo largo de la tarde. Pero todo el enfado desapareció en cuanto mis ojos se encontraron con uno de un azul cielo.
Los ojos pertenecían a una niña de unos diez años, estaba vestida con ropas sucias y rotas, y parecía que no había visto el agua de una ducha en mucho tiempo. Su cuerpo estaba demasiado delgado, como si no se hubiera alimentado correctamente en mucho tiempo. Pero lo que más llamaba mi atención fueron sus ojos, sus ojos azules mostraban una gran tristeza y sufrimiento.
Mi observación fue interrumpida cuando una mano, la del dueño del bar, agarró del brazo a la niña y comenzó a tirar de ella fuera del bar.
— Te he dicho que no moleste a mis clientes muerta de hambre — le gritó el hombre a la niña mientras la empujaba. La niña perdiendo el equilibrio cayó al suelo.
El sonido que hizo al caer al suelo me despertó del entumecimiento en el que me encontraba y automáticamente me dirigí hacía ellos. Sabía que no podía dejar a la rabia dominar mi cuerpo, así que puse mi preocupación por la niña en primer lugar y apartando de un empujón al hombre me agache junto a la niña.
— ¿Te encuentras bien? ¿Te duele algo? — le pregunte mientras miraba sus ojos llenos de lágrimas.
Ella sacudió la cabeza y me dejó ayudarla a incorporarse.
— Ven, ¿Por qué no te sientas conmigo? — le dije mientras la encaminaba hacía la mesa en la que había estado sentado. Cuando pasamos junto al camarero la niña se estremeció con miedo a que este le hiciera algo, pero el camarero al igual que una gran parte de los comensales solo me miraban sorprendidos.
Una vez sentados en la mesa le acerqué la bandeja que tenía la cena intacta que había pedido y ella tímidamente empezó a comer.
— ¿Cómo te llamas? — le pregunté tras unos minutos de silencio.
— Mi mama decía que no hay que hablar con desconocidos — me dijo con una sonrisa divertida en su cara.
— Tu madre parece una mujer divertida — le digo— ¿donde está ella?
—Muerta — me responde mientras su sonrisa desaparece de su cara.
Tras ese último comentario me quedo sin palabras, no esperaba que fuera tan honesta sobre el tema, ahora ella está mirando tristemente la comida.
— Anna — susurra — mi nombre es Anna.
